jueves, diciembre 08, 2005

La Celeste Reina del Guaguancó


La Reina era una reina. Más que lanzarse, se deslizaba hacia el escenario, llevando en sus huesos, transmitiendo, desplazando en derredor, la honda agonía de la rumba. Se le iluminaba el rostro, como si algo divino la tocara y todo se transformaba en su casi detenido, espeso andar. Salía entonces, como la lava de la montaña, el canto bronco donde se iba a recostar al requinto. Pa quiti pá, paqui ti pá. Y el aire se oscurecía de pena acompasada cuando ponía los ojos en blanco y cantaba: Estásss acabando/ con mis sentimientosss, alargando las eses como para señalar un poco más su dolor, con ironía, con furia, dueña absoluta de todo, Celeste Mendoza.
En las pupilas la última imagen suya, en el barrio chino de La Habana, lleno de negros y mulatos que se asomaban a las ventanas y a las puertas, cuando desde el restaurante asiático salía el viento aguardentoso de un cálido guaguancó inexplicable.
Celeste desplegaba a Celeste en el celeste imperio, emperatriz ella de todo, bailando y haciendo bailar; gozando y haciendo gozar, como una despedida. Porque fue toda una despedida. Su despedida del escenario ancho que dominó con sus dolores.
Celeste Mendoza enseñándonos, mulata achinada ella misma, nacida en Santiago de Cuba en 1930, que en Cuba están íntimamente mezcladas todas las cosas desde el origen de los tiempos.
Por eso el arroz frito y el shop suey bailaban en la vajilla, repiqueteando, el guaguancó último antes del mutis por el foro.
En el final de una estrella, sale la rumba urbana, la sombra envolvente del solar de la marginación, el inalcanzable corazón de Celeste Mendoza, a quien Yemayá le dio permiso aquí en la tierra, porque su sangre, su alto moño de rumbera suelta, sus historias íntimas prohibidas, obedecían sólo a un “Poder mayor”, y a ese poder consagró hasta el aire que respiraba y estremecía.

Quien escuche su voz –sus voces diversas y dolidas- en el futuro, y no tenga su cuerpo estremecido a mano, ni su sombra iluminada en la profundidad de sus pupilas, sepa que esta mujer nació para estremecer la música de un pueblo, el llamado aparentemente domesticado de los puertos y los solares, y fue su guía y su emblema. Que la imagine libre como un fuego que avanza chisporroteando, suelta como un animal herido, hecha una tromba que va directa al alma, con los sonidos broncos del cuero, que ella hace humanos con su temblor. Celeste Mendoza es un aullido.
Más allá de la aparente sonrisa, del rictus que dibuja para que le abramos las puertas, hay el reclamo grave de su entrega a ese Poder mayor del que ha sido y es sacerdotisa. Alegría y pesadumbre de su raza, entreverada en la raza más ancha de la cubanía, esa que salta del júbilo a la pena, y nunca se sabe a ciencia cierta en qué punto nos estamos moviendo. Eso que dibujó en el aire de su última noche, en el ardor de las claves y la queja húmeda de los cueros: ¿Qué es lo que no nace de la tierra, para qué tanto orgullo vano, si a la tierra bajará? Lo más importante de la vida es el tiempo. Y a su tiempo la muerte te quita el poder.

Celeste Mendoza pasó sin temer al olvido. Es la suerte de los naturales, de los grandes, de los que entregan ese diamante encendido que pulen con su transcurrir. Ella no sucedió, sigue pasando. Y el aire de La Habana, un poco huérfano, barre las hojas caídas del cielo, cierra ventanas azules, lleva y trae un canto que la vivifica y nos tiende emboscadas.
Sigue diciendo para siempre: El Poder mayor reclama su deuda. Pero paga tu deuda, aquí en la tierra. Es cierto: Yemayá le dio permiso. Es la ley: que todo lo que nace, se tiene que morir. A veces no. Esta vez no.
Dicen que era una mujer de “rompe y raja”. Jacarandosa y chispeante. Excesiva.
A su paso se tejían todos los comentarios posibles. Unos para bien; otros, no tanto.
Libre de pensar y hacer, no hablaba sin traer a colación dicharachos y frases en jergas populares, pero todos la llamaban la Reina del Guaguancó.
La música fue la gran pasión de esta mulata que reía como gente feliz, que guardaba en su corazón infinidad de historias, olvidos y muchas alegrías.
A la capital cubana llegó siendo apenas una adolescente. Ganó un premio en un programa de aficionados y ahí, como ella misma dijera, empezó su despegue.
Integró el cuerpo de baile del famoso cabaret Tropicana. En los años 50 debutó en la recién llegada televisión, donde entonó por primera vez la ranchera mexicana –en tiempo de Guaguancó, claro- Que me castigue Dios, de José Alfredo Jiménez.
Aún se recuerda su primera aparición en la pequeña pantalla. El director le había pedido las partituras para el acompañamiento musical, a lo cual dicen que Celeste respondió con sabor especial: “Con una tumbadora, el bongó y el bajo es suficiente. El resto lo pongo yo”.
Después, su presencia en los programas televisivos se convertiría en algo frecuente y muy bien recibido por su público, que la empezaba a reconocer como una de las grandes del cancionero popular cubano.
Ya a las puertas del siglo XXI, la periodista Sahily Tabares, desde la revista cubana Bohemia, le preguntaba sobre cómo había sido lo del sobrenombre de “Reina del Guaguancó”.
“Rita Montaner me vio actuar y dijo ¡al fin veo una estrella verdadera, es la Reina del Guaguancó! Rita era muy exigente, no acostumbraba a regalar halagos. Quizá le llamó la atención mi amor a esa música, y a la forma de expresarla. Eso que no te quepa dudas, es como una fuerza superior”, y agregaba, como para que no hubiera dudas al respecto: “El Guaguancó es sangre caliente, movimiento, bomba (corazón). Aunque yo canto de todo, nunca me aparto del estilo del guaguancó".
Cuando se le preguntó por sus virtudes, no se hizo de rogar: “Pregunta por ahí, quién es más disciplinada que yo. Tengo grabaciones con Los Papines, esos muchachos maravillosos, y con el conjunto Sierra Maestra, ellos pueden hablarte de mi puntualidad, de mi seriedad. Creo que soy amistosa. El que viene a mi casa tiene que comer y tiene que beber".
La característica más sobresaliente de la reina del Guaguancó, como dijera la prestigiosa musicóloga María Teresa Linares, era su voz: grave, potente, cálida, de timbre ríspido; su domino del ritmo, sus rejuegos con el rubato, su rumbosa y galana expresión que domina el ambiente sonoro que produce.
Así la aplaudieron en Japón, Venezuela, España, Francia, Estados Unidos, México y otros países: “Conocer es bueno, viajar es bueno. Pero nunca me deslumbro –confesó Celeste- Cuba es lo mío. No podría echar raíces en otro lugar”.
Es cierto que tuvo algunas complicaciones en su vida. Es cierto que hay caminos que se enredan en las esquinas menos pensadas del alma, pero los que puedan tirar la piedra hagan espacio para la indulgencia.
En el centro de todo está Celeste. Desgrana la suave ferocidad de los prohibido, la angustiosa inseguridad de lo cierto. Papá Oggún, ¿qué es esto, Papá Oggún? . Repican los cueros. Un coro de lamentos que pretende ser alegre en la humedad del cajón, el brillo de la cuchara, desde el profundo solar donde brota la rumba. El clamor de Celeste como esencia de una tristeza que parece alegre. Una alegría tristísima. Una angustia desafiante, llena de vida y de azoramientos. Papá Oggún, ¿qué es esto? Incertidumbre de una raza que no sabe aún por qué está en otra tierra. Arrebatados de la propia que tampoco existe. La angustia suave y feroz de Celeste Mendoza.
La “Reina del Guaguancó murió en noviembre de 1998; sin embargo, todavía hay quienes la vemos, jacarandosa, chispeante, excesiva, por la calles de la barriada capitalina del Vedado donde vivía, regalando sus dicharachos y gestualidades, con toda su cubanía.

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